sábado, 21 de diciembre de 2013

El frío de la noche decembrina golpeo mi piel cuando decidí salir a la terraza. Adentro, Lucifer descansaba placidamente entre las desordenadas sabanas de nuestra cama, al verlo allí, un montón de recuerdos me atacaron. 


~Flashback~


Kyriel era bella tanto como los demás Ángeles, tenía la piel tan blanca como la nieve y rostro redondeado a la perfección. Ojos grandes y encantadores labios de color carmín.
No tenía un gran puesto, pero le gustaba llevar su trabajo a la perfección, ganándose el reconocimiento en las filas divinas.


Esa mañana despertó más emocionada que en toda su existencia, que no era corta. A pesar de ser solo una más de la orden de Uriel, se le había dado la oportunidad de reunirse con Miguel, para discutir algunas cosas del nuevo mundo en nombre de su señor. Arreglo sus rubios rizos sobre su cabeza, y se aseguro de que sus alas descansaran cómodas fuera de la túnica, antes de salir.


Apenas dejo su pequeña habitación, supo que algo estaba mal. Todos corrían de aquí para allá, gritando y, uno que otro, a punto de llorar. Kyriel no se intimido y siguió su camino, pero al llegar al centro del patio, todo empeoro.


Miguel, el gran señor Arcángel estaba en el medio, con la espada levantada hacia Luzbel, el ángel más bello de todos, el preferido del Señor.

«Este... ángel -dijo Miguel con voz seca, despojada de emoción.- Nos ha traicionado a todos. Habla de revoluciones y cambios. Habla de sustituir el puesto de nuestro Señor... Será expulsado.»

«Expúlsame si quieres -respondió el otro desde el piso, con una sonrisa encantadora.- Eso no cambiara la verdad, Miguel, querido. Nuestro señor no nos ofrece nada más que una eternidad llena de trabajos a merced de esos que pretende crear. Yo en cambio…»

«CALLATE INSOLENTE –Bramo el Arcángel, levantando la espada nuevamente.- »

Justo en ese momento los ojos de Luzbel se posaron en la pequeña Kyriel, que veía todo desde el borde. Su corazón se detuvo, y sin saber como, logro atravesarse entre la espada y el cuerpo del querubín. Firmó su sentencia.

La levantaron junto con él, atando sus manos y vendando sus ojos, llevándola a trompicones a un lugar desconocido. No tuvo tiempo de reaccionar, de pedir clemencia o nada más, porque poco después un dolor abrasador inundo su espalda, y todo el peso se había ido, habían arrancado sus alas sin piedad. Lo siguiente que supo, era que caía sin parar.

Un montón de cosas pasaron por su mente mientras iba hacia abajo. ¿Por qué lo defendió? ¿Qué la impulso? ¿Por qué desobedeció aun sabiendo que la palabra de Miguel era la ley? Ninguna respuesta llego con su doloroso aterrizaje. Las cadenas parecían haber desaparecido, así que simplemente se levanto como pudo, goteando icor desde su espalda. Quito la venda de sus ojos y los abrió.
Lo que vio la lleno de horror y miedo, su nariz se inundo con un olor nauseabundo. Estaba en un plano gris, bañado con mesetas de lava ardiente, y sin vida por ningún lugar. Frente a ella, un ser grotesco se alzaba, batiendo unas alas negras.

Se dio la vuelta a verla, y ella tembló de pies a cabeza.

« ¿T-Tú eres Luzbel? –Murmuro con terror-»

«Ese ya no es más mi nombre. Lo he dejado atrás a penas pise este suelo. Yo soy Lucifer –una sonrisa torcida y llena de dientes afilados surgió en su cara.- Y tú no eres una criatura para este lugar, no puedes ser más Kyriel. »

Cuando los dedos de Lucifer la rozaron, un alarido se escapo de su boca. Su piel se agrieto, volviéndose gris y llena de grietas. Sus cuidados rizos cayeron de su cabeza. Su cuerpo se transformo en un ser completamente diferente a ella. Un ser más apto para ese mundo nuevo.

Ahora era mucho más alta, con el cuerpo definido y torneado. Largas uñas, unas alas oscuras y más ligeras, e incluso una pequeña cola formaban parte de ella.

«No, ya no eres Kyriel –la voz de Lucifer era como el choque entre mil rocas.- Tu serás ahora Lilith. Y este, nuestro mundo»


~Fin del Flasback~


Para cuando volví a la realidad estaba a punto de amanecer. Desvié mi mirada del horizonte hacia la cama, de nuevo, pero estaba vez con los ojos llenos de dolor y rencor.


«Todo el tiempo has sido tú, maldita sabandija»

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