Bañada en una capa de sudor despertó,con el pelo pegado a la nuca y la respiración agitada por las pesadillas. Era la misma que todas las noches ,y la pequeña rubia sentía que vivía un deja vu; la misma pesadilla que la acosaba desde que tenia memoria. Había asistido a terapias, creado barreras en su mente y en su corazón para evitar que la ida de su padre le afectara más de lo debido, pero estaba fallando en ese intento. Cada madrugada despertaba entre un manojo de sabanas y un mar de lagrimas, que luego, seguido por un ataque de asma, era el resultado de aquel sueño recurrente: Su padre con las maletas en la puerta alejándose sin decir adiós, o sin dar explicaciones. De una patada se deshizo de las pesadas sabanas que cubrían su cuerpo, tirándolas al piso. Se sentó en la cama, y se abrazo a sus rodillas. Había aprendido ya que de nada le servia llorar, porque eso no devolvería a su padre; ya se había acostumbrado a las sombras de su habitación. Intento recordar cada parte de su vida, porque sabia que la razón de su forma de ser, era la falta de su padre.
Aun siendo una niña, Euridice había tenido en claro el porque su papá no estaba. Había sido un mujeriego, e incluso había demostrado poca emoción cuando la teutona nació. Se fue cuando ella estaba a punto de cumplir los 3 años, y a pesar de que regresaba para cada cumpleaños o evento importante, el vacío que se fue creando en la jovencita era más que obvio. Su mamá pronto se casó de nuevo, y Euridice nunca acepto a aquel hombre de rasgos nórdicos como su padre, no lo odiaba, pero sabia que ese era el final a su esperanza de volver a ver sus padres juntos. Al ir creciendo se esforzó por ser la mejor en todo, por tener las mejores notas, e incluso, por portarse mal en casa solo para recibir una llamada de su padre, solo para oír su voz áspera dándole un regaño. Sin importar que, la rutina jamás cambiaba, lo veía solo 2 veces al año, y por menos tiempo del que ella hubiera deseado. Poco antes de cumplir 10, recibió la noticia de que tenia un hermanito, y ella no supo si alegrarse o echarse a llorar, porque a pesar de su corta edad, sabia que con Orfeo, sería todo lo que con ella no fue.
Cuando su pubertad llego, fue cuando más inestable se volvió, ya nadie podía controlarla, estaba descarrilada, porque por dentro estaba vacía, buscando cualquier forma de llenar aquel vacío que su padre había dejado. Cada día era más rebelde, se cortaba el pelo y lo pintaba de diferentes colores, usaba muñequeras con púas, diciendo malas palabras y aprendiendo a golpear cualquier cosa que se atravesara en su camino. Así era Euridice Isabelle por fuera, pero por dentro era mucho más que el desastre que representaba su físico; simplemente no sabia que hacer con su vida, se cortaba a si misma constantemente solo para ver cuanto podía sangrar, lloraba sin parar, se sentía sola en el mundo, incomprendida. Se enamoro, cometió errores, y luego quiso repararlos creándose una imagen de rockera empedernida, tatuándose demasiadas veces, y perforándose hasta lugares que no deben mencionarse. Casi hace que la expulsen de la escuela...¿Y que recibía a cambio? Nada.No parecía interesarse por ella. Pronto dejo de darle importancia obvia, pues su madre era feliz, y ella debía intentar serlo.
El chirrido de su puerta la saco de sus pensamientos, sobresaltada intento buscar el causante de aquel sonido, y todo lo que encontró fueron unos ojos ambarinos mirándola desde una esquina. -¡Salem,maldito gato! Fuera de aquí..- le susurro, obteniendo un bufido y una mirada asesina de parte de este. Se levanto de la cama justo cuando el sol se asomo por su ventana, cegándola por un momento. Sobre su mesa de noche se encontraba su nuevo teléfono: Un Smartphone, regalo de su padre por su cumpleaños numero 18; por supuesto, había sido solo eso, una entrega por correo, un objeto inanimado, no el abrazo cálido que ella estaba esperando, o la llamada rápida de todos los años. Camino lentamente, observando toda su habitación iluminarse con la luz del astro, fijándose en detalles y regalos de su novio (el chico perfecto, según ella). Se sentó en el alféizar de la ventana, viendo toda la ciudad debajo de sí misma. Ella sabia que no importaba cuantos libros leyera, cuanto saliera, cuanto se emborrachara, comiera, durmiera o hiciera lo que fuera para olvidar su gran problema, este no iba a desaparecer jamás. Podía olvidarle por días, si quería, pero volvía a flote haciéndole más daño.
De nuevo el chirrido de su vieja puerta la sobresalto, haciendo que cayera del alféizar al piso por el susto. Levanto la mirada y se lo encontró: Rubio platinado, alto, con unos inmensos ojos verdes, una madibula cuadrada y una sonrisa cariñosa. Lukas Mortiz-Hagen estaba parado frente a ella, con los brazos extendidos. Sin dudarlo si quiera, la rubia salio corriendo a los brazos de aquel hombre, dejándose abrazar,dejando salir las lagrimas que había guardado durante meses por su ausencia
.-Vine a llevarte Izzy, quiero que vengas conmigo a casa..- Aquel suave susurro la hizo estremecer, su piel se puso de gallina, los labios se le secaron, y su respuesta fue solo un seco asentimiento.
"El ruido de la alarma de su despertador la despertó esta vez, le dolía la espalda, y como no, si estaba durmiendo sobre el alféizar de la ventana en una extraña posición, lo único visible de su cuerpo era su antebrazo, y el tatuaje más reciente que tenia, letras en cursiva "Dear Daddy" ponía el tatuaje. Entre lagrimas y maldiciones, se levanto de la ventana, tomo varia de sus pastillas y volvió a la cama, a dormir con la seguridad de que su papá jamas vendría por ella, esas cosas, solo le pasaban en sueños."